sábado, 5 de noviembre de 2011

UNO

¡Qué me ofrezcan, pues, el mundo! Qué más da si un beso ya cambió mi vida. Hoy no me interesa probar del mundo, ni beberle, ni conocerle, ni poseerle: le he probado, bebido, conocido y poseído a través de ti. Distinguí un malestar en la boca de mi estómago, comprendí una ola de calor que poseía mis brazos, mis ojos, cerrados, tallaron tu rostro, tejieron tu nombre en mi corazón... y nos besamos. Entonces nada de lo que nos rodeaba en ese instante era cotidiano: nos besamos con ansia, con pasión, con curiosidad y con ternura. Nos besamos poniendo las almas al descubierto, sin quererlo, sabiendo que quizás no se repetiría, guardando el recuerdo en la memoria de los labios, deseando hacer ese momento eterno, desapareciéndolo todo y, sin importarnos nada, nos besamos pensando: "¡Qué me ofrezcan, pues, el mundo! Qué más da, si un beso ya cambió mi vida".

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